El encarnado en viento
Entró como entraba siempre por debajo de la puerta principal. Se deslizaba sin ser visto y ahora tomaba la forma de los peldaños de madera rumbo a la planta alta. Se colaba en algún cuarto, uno luminoso a esa hora, donde se quedaba hasta la penumbra roja del ocaso. Nuevamente desandaba lo andado y salía por la puerta principal dejando atrás el maullido del gato que lo despedía de su antigua casa.

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