Las autopsias no benefician a los cadáveres
La secuencia era la siguiente. Lo encontraba. El tiempo se plegaba. El comienzo de algo se intuía sin más.
Aparecía en los sitios más insolitos. Inexorable engranaje destinado a marcarme la vuelta en la espiral, el ciclo. Quizá el asombro por esta existencia que como los fuelles de un bandoneón se estira y se encoge para producir su música.
Algunas veces nos metíamos en un café vacío o casi a charlar, nunca más de lo necesario; o simplemente caminábamos.
La cosa es que siempre tomábamos los encuentros con naturalidad. Es más, jamás nos surgía curiosidad por los detalles de lo hecho o dejado de hacer por el otro en la oquedad entre encuentro y encuentro.
Luego pasaron demasiados años como para sospechar que la fortuita pero puntual, según reglas desconocidas, reunión no se daría. Una tarde recibí un llamado avisándome que mi antiguo compañero de secundaria había muerto en una casita frente al mar y me dejaba su reloj que me entregaron funcionando y en una cajita de cuero verde hace menos de una hora.
